Te acuerdas de aquella vez que te hablé por primera vez, si aquella vez en la cual me mirabas con cierto recelo y cierta indiferencia, para que nos vamos a engañar, era así como me mirabas con tus ojos avellana, no digas ahora nada, sabes que es verdad, por favor no me pongas esa cara de pena que sabes que caigo fácilmente entre tus garras, para ya por favor, vale así está mejor, ponte seria, pero ahora no te rías; bueno yo continúo contándote lo que quería contarte, aunque sigas manteniendo esa sonrisa picarona.
Lo que te estaba contando es que a pesar de la indiferencia con la que me tratabas al principio, a pesar de tus gestos, tus miradas, porqué no, de cierto desprecio, yo seguí hablándote como si nada, aún más motivado, aún con más ganas de que me quisieras conocer y te dieras cuenta de que no había nada malo en que me dirigieras la palabra, la extrañeza de querer conocerme sucumbiría poco a poco mientras mis palabras atravesaran tus oídos, y tocaran tu fina piel. Poco a poco, ibas cambiando el rostro, tus ojos se iluminaban, eran destellos en aquella noche oscura, tu sonrisa empezaba a vislumbrar tu cambio de estado, de vez en cuando te mordías los labios o te acariciabas el pelo, todo ello me seguía dando la confianza en seguir contándote historias, en seguir a tu lado intentando convencerte, pero... ¿por qué mueves la cabeza, y me pones esos ojitos? es verdad... no te estoy mintiendo; recuerdo que te dije que conmigo no llorarías como llorabas con el capullo con el que estuviste, conmigo no habría penas ni sollozos, las tristezas quedarían aparcadas, no habría noche en calma ni descansada, cabalgando bajo la luz de la luna, y que algún día te diría porqué el sexo es como el tenis, y la explicación es sencilla; te estás volviendo a reír, jobar así no puedo seguir, ahora qué es un juego de mantener la mirada, cada vez te estás acercando más, y no voy a no poder sucumbir a tus encantos, te sigues acercando, te sigues acercando... te quiero pequeña.